La Sociedad nos ha tratado de enseñar que todos los individuos tenemos que vivir de forma igualitaria y sin distinciones de derechos hacia ninguno de los que pertenecen a ella. Con el avance de la tecnología, nos alejamos cada vez más de lo que llamamos Humanidad.
Muchas veces preferimos vivir lejos del resto del Mundo, ya sea porque nos excluyen o porque no nos parece la forma de manejar a la Sociedad. Es cierto que llegamos a “evolucionar” como especie, como una especie a la que le parece lo más conveniente apartarse de lo que sucede a su alrededor. El individuo siente que con su Participación en las Elecciones ya es suficiente contribución para la Sociedad que se lo exige sin pensar en que no está haciendo su papel más fundamental: mejorar el espacio donde vive.
Día con día se hacen descubrimientos científicos y tecnológicos capaces de hacer que todos lleven una mejor calidad de vida. Los Hombres de Ciencia viven únicamente para sus Descubrimientos:
Alfredo, que ha dedicado su existir a la Ciencia de la Medicina en búsqueda de una cura para una enfermedad mortal, posiblemente le salvará la vida a Juan dentro de dos años; pero a Juan no le importa en lo más mínimo cuál será el medicamento que Alfredo ha desarrollado, porque Juan jamás salió de las fiestas y de las borracheras de los viernes, sábado y domingo con sus amigos iguales en educación.
Es increíble el nivel de Ignorancia en la Sociedad en la que preferimos vivir. Es verdad que Alfredo ya ha hecho algo muy bueno para Juan, o para cualquier otro. Alfredo es reconocido mundialmente por su ayuda, pero ¿Qué ha pasado en la vida de Alfredo?
Los Científicos son premiados por lo que hacen, pero realmente no viven del todo:
Alfredo se casó con Martha al inicio de su carrera como científico. Tuvo que elegir si convivir con Martha y su hijo recién nacido, o estar las veinticuatro horas del día con el microscopio y los tubos de ensayo.
Nuestro afamado científico eligió su carrera y se divorció de su esposa Martha dejándola en el abandono.
Martha que tuvo que criar sola a su muchacho, no pudo con la carga y tuvo muchos compañeros sentimentales.
Juan, el hijo de Alfredo y Martha, el mismo del principio, prefiere estar alejado de su madre y de su realidad.
El gran Alfredo critica fuertemente a la Sociedad que hemos creado y que no se esmera en cambiar. Él no hace nada en absoluto por salir de su laboratorio para ir a votar en Julio o para preocuparse por cómo vive Juan.
“Desde este ángulo de visión, el principio de identidad sobre el que se asentaba toda la filosofía clásica sigue existiendo de manera indiscutible, incluso consiguiendo más autoridad que toda instancia de validez: tan sólo ha cambiado su nombre y toma partido por una dimensión más secundaria, más negativa y reflexiva.”[1]
Historias como las de Alfredo y Juan hay por todo el mundo Social.
Los individuos no hacemos nada por cambiar lo que podemos cambiar. Podemos mover el sentido de nuestra vida, ser los grandes millonarios que siempre quisimos, salir en revistas de moda y ser conocidos por todos los rincones del mundo.
¿De qué nos sirve llegar a la cima en la vida si dejamos que todos los demás continúen en la sima de la suya?
¿De qué nos sirve que otro alcance el éxito y la gloria si nosotros seguimos en el fracaso y la depresión?
De aquí que se dé la indiferencia de las masas. Despreciamos a los Artistas, a los Reyes, a los Científicos, a los Políticos, a los vecinos, individuos que lo han logrado todo.
De aquí el odio de personas como Juan a personas como Alfredo.
No nos sirve de nada que Madonna adopte tantos hijos; que Felipe de Borbón se haya casado con Letizia Ortiz; que un científico se divorcie de su esposa ; que Fox tenga un rancho; o que mi vecino se fuera de vacaciones a Francia.
Nos interesa mucho menos que los chicos de UPIITA salgan en las noticias del Trece por haber ganado un concurso de Minirobótica.
No nos interesa nada o si nos llegara interesar, sería el tirar de su pedestal a todos los de arriba.
Esta admiración encauzada hacia objetos concede asilo a ese talento con el que no nos identificamos. Se trata de un sufrimiento voluntario por obras que aunque tuviéramos la oportunidad de vivir treinta y seis vidas, ni siquiera podríamos ser capaces de producir. Es esta admiración la que nos abre al resplandor de la gran diferencia ineluctable. Con todo, representa lo contrario de esta crítica que ubicada de un modo totalitario en un punto central, no elogia que más de un lo que allí encuentra.[2]
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